La esperanza de la luz: Un recordatorio Masónico en el solsticio de invierno.

Por Q∴H∴ Ramiro Garduño

En la tradición Masónica, el solsticio representa un punto de inflexión, un instante de quietud cósmica donde el Sol parece detenerse antes de invertir su camino. Mucho se ha escrito sobre su significado simbólico y filosófico, pero tal vez convenga recordarlo también desde su dimensión más simple y tangible: la del observador que mira el cielo. Antes de que existiera el telescopio o la palabra “astronomía”, los antiguos constructores levantaban la vista, observaban la posición del Sol y aprendían de sus ciclos para orientar templos y ciudades. En esa práctica humilde y empírica se encuentra el germen del simbolismo que hoy veneramos.

Los antiguos constructores no necesitaba teorías complicadas: bastaba con mirar el horizonte y notar que el Sol nunca salía dos veces por el mismo punto. En los equinoccios, lo veía elevarse exactamente por el este y ocultarse por el oeste, dividiendo el día y la noche en partes iguales. En el solsticio de verano, lo observaba describir un arco más alto, casi rozando el cenit, regalando el día más largo del año. Pero conforme el tiempo avanzaba hacia el solsticio de invierno, el Sol parecía alejarse, elevarse cada vez menos y recorrer un arco bajo y breve, dejando largas noches y breves jornadas de luz.

En Rhode Island, como en todo el hemisferio norte, el ojo atento puede notar que el Sol del invierno nunca sube tanto en el cielo como el de junio: amanece más tarde, se oculta antes y su trayectoria es más inclinada hacia el sur. Es como si la Luz misma se retirara para invitarnos al recogimiento. Y quizás por eso el solsticio de invierno es, más que una celebración, un recordatorio: cuando la oscuridad parece más densa, el ciclo del cosmos nos promete el retorno de la Luz.

Una promesa que resuena en el eco de otras culturas mitos y leyendas de esperanza. Desde los antiguos panteones mesoamericanos, con la partida y eventual regreso de Quetzalcóatl —la serpiente emplumada, dios del conocimiento, la vida y la aurora— que encarna ese mismo ciclo de retiro y renovación, augurando un renacimiento del espíritu y la sabiduría, hasta civilizaciones que veneraron al Sol como dador de vida: el egipcio Ra renaciendo cada mañana; el persa Mitra y su invicto solsticio. Narrativas teñidas de simbolismo cósmico que nos recuerdan que incluso en la penumbra más honda, la fe en la inminente llegada de la luz ha sido un pilar universal para la humanidad, una invitación a la perseverancia y a la espera activa del renacer.

Los Masones encontramos en ese ciclo natural una lección sencilla pero profunda: la sabiduría no proviene solo de interpretar símbolos, sino de observar la naturaleza que los inspiró. La regularidad de los solsticios y equinoccios nos enseña disciplina; su belleza, humildad. Comprender cómo el Sol se mueve y cambia su curso es comprender también el ritmo del alma y del trabajo interior.

Desde Logia Libertad No. 50, invitamos a cada Hermano a no limitarse a interpretar la tolerancia, la fraternidad y el amor, sino a practicarlos cada día, con la misma constancia con la que el Sol, sin fallar jamás, cumple su ciclo sobre nosotros. Así, paso a paso, podremos transformar la reflexión en acción y la palabra en obra.