Una reflexión sobre las herramientas de trabajo del Compañero Masón
Por Q:.H:. Greg Esposito (Logia Hope #25 y Logia Libertad #50)
Durante nuestro viaje a Bristol, Tom M. retomó la discusión de la noche anterior sobre la frase “ese país desconocido de cuyos límites ningún viajero regresa” y su origen. Casualmente, yo conocía su procedencia y la ofrecí, quizás con demasiada rapidez. Una vez en casa, pasé algún tiempo meditando sobre el pasaje en sí, consciente de que saber de dónde viene una línea importa mucho menos que lo que nos exige. Dicho esto, me vi recurriendo al monólogo completo de todos modos y, al hacerlo, me encontré reflexionando no simplemente sobre el origen de las palabras, sino sobre cómo podría aplicarse su lección. Lo que sigue son algunos pensamientos que surgieron de esa reflexión, compartidos con respeto y en el espíritu de intercambio fraternal entre aquellos a quienes tengo en alta estima.
Ser o no ser, esa es la cuestión:
Si es más noble para el ánimo sufrir
los golpes y dardos de la insultante fortuna,
o tomar armas contra un mar de calamidades
y, haciéndoles frente, acabar con ellas. Morir: dormir;
nada más; y con un sueño decir que acabamos
con el sufrimiento del corazón y los mil choques naturales
de los que la carne es heredera, es una consumación
devotamente deseable. Morir, dormir;
dormir: tal vez soñar: sí, ahí está el escollo;
pues en ese sueño de muerte, qué sueños pueden sobrevenir
cuando nos hayamos despojado de esta envoltura mortal,
es algo que debe hacernos detener: ahí está la consideración
que hace tan larga la calamidad de la vida;
pues, ¿quién aguantaría los azotes y burlas del tiempo,
la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso,
los dolores del amor menospreciado, la demora de la ley,
la insolencia del poder y los desdenes
que el paciente mérito recibe de los indignos,
cuando él mismo podría su finiquito realizar
con un simple puñal? ¿Quién llevaría fardos,
gruñendo y sudando bajo una vida cansada,
si no fuera porque el temor a algo tras la muerte,
ese país desconocido de cuyos límites
ningún viajero regresa, confunde la voluntad
y nos hace preferir soportar los males que tenemos
antes que volar hacia otros que desconocemos?
Así, la conciencia nos hace cobardes a todos;
y así, el matiz nativo de la resolución
se enferma con el pálido barniz del pensamiento,
y empresas de gran importancia y empuje
bajo esta consideración desvían su curso
y pierden el nombre de acción. — ¡Pero silencio!
¡La hermosa Ofelia! Ninfa, en tus oraciones
sean recordados todos mis pecados.
La referencia a “ese país desconocido de cuyos límites ningún viajero regresa” hace más que aludir a la muerte. En Hamlet, la frase nombra la ansiedad humana de actuar sin certeza, de no saber qué hay más allá de nuestras elecciones presentes. El miedo que Hamlet articula no es simplemente a la muerte, sino a la irreversibilidad: a entrar en algo de lo cual uno no puede regresar para revisar o deshacer. Cuando se sitúa dentro de las herramientas de trabajo del Compañero, la línea replantea sutilmente el Nivel como el movimiento hacia adelante del tiempo mismo: irreversible, imparcial e impasible ante la vacilación. A diferencia de Hamlet, que queda paralizado por la reflexión, al Masón se le exhorta a caminar erguido y actuar con rectitud a pesar de la incertidumbre. La Plomada, la Escuadra y el Nivel forman juntos una ética de labor moral bajo condiciones de no-saber, recordándonos que no se nos dan respuestas sobre el destino, sino solo herramientas sobre cómo conducirnos durante el viaje.
Vale la pena detenerse en la estructura del monólogo, porque Shakespeare hace algo notablemente preciso. Hamlet no se limita a contemplar la muerte en abstracto; cataloga las indignidades específicas del vivir: la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso, la demora de la ley, la insolencia del poder. Estas no son quejas abstractas. Son las fricciones diarias de una vida vivida entre otros, las mismas pruebas que las herramientas de trabajo están diseñadas para abordar. La Plomada nos enseña a mantenernos firmes cuando el opresor quisiera doblegarnos. La Escuadra mide nuestra respuesta al desprecio y la burla. El Nivel nos recuerda que cada hombre que nos agravia recorre el mismo camino mortal que nosotros. Donde Hamlet ve en estas cargas una razón para cuestionar si la vida merece ser soportada, el Arte encuentra en ellas la materia prima de la formación moral.
El Nivel, bajo esta luz, es más que un recordatorio de igualdad o justicia, aunque ciertamente incluye esos significados. Se convierte en un símbolo del tiempo mismo: constante, imparcial y unidireccional. Estamos viajando sobre él, decidamos reconocerlo o no. El tiempo no se detiene mientras deliberamos, ni nos otorga certeza antes de exigirnos acción. Cada paso dado —o evitado— se lleva adelante a lo largo del mismo nivel, y ninguno de nosotros está exento de su progreso. La Plomada y la Escuadra adquieren entonces una urgencia particular. Si efectivamente nos movemos de manera constante hacia un horizonte desconocido, entonces cómo nos conducimos en el camino importa aún más. La rectitud y la virtud ya no son ideales abstractos; son disciplinas prácticas destinadas a guiar la acción bajo condiciones de incertidumbre.
Consideremos también la palabra “conciencia” tal como Shakespeare la utiliza: “Así, la conciencia nos hace cobardes a todos”. A principios del siglo XVII, “conciencia” cargaba con el doble peso tanto de la conciencia moral como de la consciencia misma: la capacidad de pensamiento reflexivo. La percepción de Hamlet es que demasiada reflexión, sin un marco para la acción, conduce a la parálisis. “El matiz nativo de la resolución se enferma con el pálido barniz del pensamiento, y empresas de gran importancia y empuje… pierden el nombre de acción”. Esta es precisamente la condición contra la cual protege el grado de Compañero. Las herramientas de trabajo no nos piden resolver cada cuestión filosófica antes de actuar. Nos dan un método de actuación —plomada, escuadra y nivel— para que la conciencia se convierta en un instrumento de rectitud en lugar de una fuente de vacilación. La conciencia del Masón no es la conciencia del cobarde. Es una conciencia disciplinada por las herramientas del Arte, hecha operativa a través de la práctica más que de la especulación.
Hay otra sutileza digna de mención. Shakespeare escribe que el pavor a lo desconocido “puzzles the will” (confunde o enreda la voluntad). La palabra «puzzles» aquí no significa meramente “confundir”. En el uso de Shakespeare, significa enredar, atar la facultad de elección tan profundamente que ninguna acción puede emerger. Las herramientas de trabajo del Compañero son, en un sentido muy real, la respuesta a una voluntad enredada. Desatan el nudo moral proporcionando estándares claros y prácticos. ¿Es mi conducta recta? La Plomada me lo dirá. ¿Son mis tratos con los demás justos y honestos? La Escuadra me lo mostrará. ¿Me estoy comportando con la misma humildad y firmeza que desearía ver en mis Hermanos? El Nivel lo probará. Estas no son metáforas para la reflexión ociosa. Son llamadas a medir, a probar, a actuar —y a hacerlo ahora, mientras el Nivel del tiempo todavía se mueve bajo nuestros pies.
Esto también arroja luz sobre una distinción sutil pero importante. La frase “ante Dios y los hombres” en la instrucción de las herramientas nos recuerda que la moralidad masónica no está destinada a permanecer en lo interior o teórico. Nuestra rectitud no se mide únicamente por la intención interna, sino por la acción externa en relación con los demás. Cualquiera que sea la incertidumbre que se encuentre más allá del horizonte, nuestras obligaciones aquí y ahora —con la justicia, la integridad y la moderación— no quedan suspendidas por esa incertidumbre. En este sentido, el país no descubierto funciona menos como un destino que como una condición límite. Marca el límite de nuestro conocimiento, no el propósito de nuestra labor. La Francmasonería no nos ofrece respuestas sobre lo que hay más allá de ese límite; en su lugar, proporciona herramientas para forjar el carácter dentro de él. El énfasis no está en la llegada, sino en la manera de viajar.
También podríamos reflexionar sobre el contexto dramático en el que Shakespeare sitúa estas palabras. Hamlet pronuncia este monólogo solo en el escenario, creyéndose no observado; sin embargo, Claudio y Polonio están escondidos cerca, y Ofelia espera como su instrumento. La ironía es que Hamlet filosofa sobre el valor de actuar mientras está siendo manipulado por fuerzas que no puede ver. El Compañero Masón se encuentra en una posición completamente diferente. No está solo. Se encuentra entre Hermanos que han asumido las mismas obligaciones, que comparten las mismas herramientas de trabajo y que laboran en la misma obra inconclusa. Cualquiera que sea la incertidumbre que acompañe al país no descubierto, el Masón no la enfrenta en aislamiento. La Logia misma es una especie de respuesta a la soledad de Hamlet: un lugar donde la carga de la elección moral no se elimina, sino donde se hombrea en común.
La Plomada es un instrumento del cual se sirven los Masones Operativos para probar las perpendiculares, la Escuadra para escuadrar su trabajo y el Nivel para probar las horizontales; pero a nosotros, como Masones Libres y Aceptados, se nos enseña a hacer uso de ellos para propósitos más nobles y gloriosos. La Plomada nos amonesta a caminar rectamente en nuestras diversas estaciones ante Dios y los hombres, escuadrando nuestras acciones por la escuadra de la virtud y recordando siempre que estamos viajando sobre el nivel del tiempo, hacia “ese país no descubierto de cuyos límites ningún viajero retorna”.
El genio de quien haya entretejido a Shakespeare en esta instrucción es que la cita no llega como un mero adorno literario. Llega en el momento de mayor urgencia moral: justo después de que las herramientas han sido explicadas, justo cuando su significado especulativo se abre ante nosotros. El Hermano que escucha estas palabras por primera vez debe sentir el peso del Nivel de una manera nueva: no solo como el instrumento de un constructor, sino como el movimiento ineludible de su propia vida. No puede detener el tiempo. No puede saber qué le espera. Pero puede, con las herramientas que se le han dado, asegurar que el trabajo que realice en el camino sea a plomo, a escuadra y verdadero.
Al final, quizás la lección más profunda que las herramientas del Compañero extraen de Hamlet es una de contraste. Hamlet, a pesar de toda su brillantez, nunca encuentra la manera de actuar bien bajo la incertidumbre. Su historia termina en sangre y ruina. El Arte ofrece un camino diferente: no un camino de certeza, sino un camino de disciplina, de fraternidad y de labor moral emprendida con el pleno conocimiento de que el destino permanece desconocido. Las herramientas de trabajo no nos prometen respuestas. Nos prometen algo mejor: una forma de caminar que sea digna del viaje, sin importar cuán lejos nos lleve ni dónde termine. Ofrezco estos pensamientos no como una interpretación a ser adoptada, sino como reflexiones surgidas de volver a visitar nuestro trabajo compartido. Si provocan una conversación posterior, un desacuerdo o una reconsideración silenciosa, habrán cumplido su propósito.
